Me cuentan las claves, como si ellos fueran una cassette distribuida junto a un libro de autoayuda. Me aconsejan el uso de corbata y chaqueta Me aconsejan un futurible trabajo estable.
El silencio que les regalo.
No los miro. No miro sus palabras, no mido nada que intente ponerme una piel que no es la mía.
Ellos creen que yo seguiré sus pasos construyéndome para mi su misma muerte. Ellos creen que les seguiré y me miran y me ven parado, quieto en la que es su búsqueda. Sus caras se agrietan intentando mirarme o colarse por una de mis rendijas.
Me lo han dicho tantas veces... Me lo han dicho tanto.
A veces pienso que necesito acercarme un poco más al mundo, qué la soledad de estas cuatro paredes puede destrozarme la vida o al menos la percepción que tengo sobre la vida. Enciendo la radio, pasados más o menos siete u ochos minutos me doy cuenta que en esa franja no se puede encontrar el mundo, la realidad no está en esa franja. Entonces, escucho a John Mayall y recorro todas las carreteras de está ciudad que se muere en vida.