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domingo, 18 de mayo de 2014



Leo. Tacho. Escribo. Leo. Tacho. Escribo.
Leer. Tachar. Escribir. Él ha leído. Él ha tachado. Él ha escrito.
Lee. Tacha. Escribe.
J'ai lu ces poèmes. Je supprime. J'écris ces poèmes.
Él sobrevive. Pide auxilio. Quién arde como una antorcha
en la escalinata. Quién pasa las noches sin parpados.
Quién.

domingo, 26 de enero de 2014

4 enero 2014

 
Évreux, coche, Versalles, jardines y más jardines. Piensas en monarcas huyendo de una masa enfurecida. Coche, París, Gare de Lyon. Despedidas. Adiós pequeños. Adiós Paloma. Adiós Carlos. Maletas, ciudadanos asiáticos y ciudadanos rusos dando vueltas de una terminal a otra, ciudadanos franceses a la espera de volver a sus casas a tiempo con sus regalos de Noël bajo el sobaco. Los ojos sobre La senda del perdedor, entre línea y línea algún que otro vistazo a las pantallas. Ahora el ciudadano asiático o ruso eres tú y das vueltas de una terminal a otra. Son las siete de la tarde y los gabachos cenan en sus asientos mientras intentas vislumbrar algo en la oscuridad a través de la ventanilla y vuelves a Bukowski, a la dureza, al adolescente que bebe bajo la montaña, vuelves a las palizas y a la cabeza alta para encarar al mundo, y de nuevo la ventanilla e intentar descifrar si realmente nos movemos, si aquel aparato que te aloja realmente atraviesa conversaciones y lugares de la campagne française. Una señora anuncia tu destino, y pisas el andén con tu mochila sobre los hombros, de nuevo Marseille, Saint Charles. El suelo mugriento y el paso firme. De nuevo Boulevard National y rue Auphan. De nuevo Helal, y coche, y rue Espérandieu. Merci, Helal. Bonne soirée, Helal.

No sabes bien que hacer en estos días. Nuevas llaves, nuevo lugar donde comer, donde leer, donde limpiar, donde tener sed y escribir. Un nuevo balcón donde poder asomarte para ver el mundo, donde poder ver un gato, ropa tendida, un tipo fumando, antenas y ventanas. No quieres dormir, no hasta saber que harás para seguir adelante. No escribes, no lees y hay una lata de cerveza caliente que te tumba en el sofá durante algunos minutos. Recuerdas los olivos, los sábados, las terrazas con café y pacharán dispuestas a discurrir por la garganta. Recuerdas la noches y las risas, y te miras y te dices eso no. Marseille, no olivos, ni pacharán, Marseille. Hablar y soñar con calles y libros, con lo que vendrá después.