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martes, 5 de mayo de 2015

Más delgados y más crueles

 

"En colchones prestados
planeamos viajes
de los que volveremos
más delgados
y más crueles" 
Layla Martínez


"Entre el mundo y nosotros
no hay una playa,
la arena que ves, se llama desierto,
y el mar se aleja de ser mar
con cada ola que vomita"
Tomeu Ripoll


I
La última vez que te vi
parecías
un avioncitto de papel
al que le ardía el ala
izquierda.

II
El silencio de mis huesos.

El verano que no supe hacía donde ir.

Un instante sobre las hojas
en ciudades que van extinguiéndose
en la frágil memoria
del que camina
con paso decidido
sobre este desierto
tan neutro.

En imágenes
cada vez más difusas.
Imágenes
que en algún momento
han sido un bólido supremo
en donde el sueño estaba aún
por llegar.

El infierno de mis huesos.

El invierno que siempre
nos guarda una estrella.

lunes, 19 de mayo de 2014

1Q84. Haruki Murakami.


“Al terminar la guerra, el padre de Tengo regresó a Manchuria con los bolsillos vacíos. Había nacido el tercero en una familia de campesinos de Tōhoku y había cruzado el mar para ir a Manchuria con algunos de sus compañeros del pueblo, alistados en el Cuerpo de Exploración de la Región de Manchuria y de Mongolia interior. No era porque se hubieran tragado la propaganda del Gobierno, según la cual si iban a Manchuria, una especie de Arcadia de amplias y fértiles tierras, podrían llevar una vida de opulencia. Sabían bien desde el principio que las Arcadias no existían. Simplemente eran pobres y se morían de hambre. Si se quedaban en el campo, no podrían hacer otra cosa más que intentar sobrevivir a la muerte por inanición, y la terrible recesión que sacudía aquellos tiempos había dejado una plaga de parados. Trasladándose a la ciudad no habría esperanza de encontrar un empleo decente. En semejante situación, la única forma de sobrevivir era irse a Manchuria. Recibió formación básica para trabajar de campesino de explotación, con derecho a fusil en caso de necesidad; le dieron unas nociones sobre la situación de la agricultura en Manchuria, en el pueblo lo despidieron con vivas y fue llevado en tren de vapor desde Dalian hasta cerca de la frontera de Manchuria y Mongolia interior. Allí le asignaron tierras, aperos de labranza y un fusil, y se dedicó a la agricultura junto con sus compañeros. Eran tierras yermas, llenas de guijarros, y en invierno todo se congelaba. Como tenían qué llevarse a ala boca, hasta se comían perros vagabundos.”


jueves, 15 de mayo de 2014

Adiós a Berlín. Christopher Isherwood.



“El verdadero corazón de Berlín está en un bosquecillo negro y húmedo – el Tiergarten-. En estos meses del año el frío expulsa de sus diminutos y desamparados pueblos a los mozos campesinos y los empuja hacia la ciudad, en busca de comida y trabajo. Y la ciudad, que invitadoramente centellea al fondo de la noche, sobre la llanura, es fría y cruel y está muerta. Su llamada es una ilusión, un espejismo en el desierto invernizo. No acoge a estos mozos. No tiene nada que darles. El frío les hace huir de sus calles y refugiarse en el bosquecillo, que es su corazón cruel. Allí se acurrucan sobre los bancos, a helarse y morir de hambre, mientras sueñan con la lumbre lejana de su casa en el pueblo.”

domingo, 26 de enero de 2014

4 enero 2014

 
Évreux, coche, Versalles, jardines y más jardines. Piensas en monarcas huyendo de una masa enfurecida. Coche, París, Gare de Lyon. Despedidas. Adiós pequeños. Adiós Paloma. Adiós Carlos. Maletas, ciudadanos asiáticos y ciudadanos rusos dando vueltas de una terminal a otra, ciudadanos franceses a la espera de volver a sus casas a tiempo con sus regalos de Noël bajo el sobaco. Los ojos sobre La senda del perdedor, entre línea y línea algún que otro vistazo a las pantallas. Ahora el ciudadano asiático o ruso eres tú y das vueltas de una terminal a otra. Son las siete de la tarde y los gabachos cenan en sus asientos mientras intentas vislumbrar algo en la oscuridad a través de la ventanilla y vuelves a Bukowski, a la dureza, al adolescente que bebe bajo la montaña, vuelves a las palizas y a la cabeza alta para encarar al mundo, y de nuevo la ventanilla e intentar descifrar si realmente nos movemos, si aquel aparato que te aloja realmente atraviesa conversaciones y lugares de la campagne française. Una señora anuncia tu destino, y pisas el andén con tu mochila sobre los hombros, de nuevo Marseille, Saint Charles. El suelo mugriento y el paso firme. De nuevo Boulevard National y rue Auphan. De nuevo Helal, y coche, y rue Espérandieu. Merci, Helal. Bonne soirée, Helal.

No sabes bien que hacer en estos días. Nuevas llaves, nuevo lugar donde comer, donde leer, donde limpiar, donde tener sed y escribir. Un nuevo balcón donde poder asomarte para ver el mundo, donde poder ver un gato, ropa tendida, un tipo fumando, antenas y ventanas. No quieres dormir, no hasta saber que harás para seguir adelante. No escribes, no lees y hay una lata de cerveza caliente que te tumba en el sofá durante algunos minutos. Recuerdas los olivos, los sábados, las terrazas con café y pacharán dispuestas a discurrir por la garganta. Recuerdas la noches y las risas, y te miras y te dices eso no. Marseille, no olivos, ni pacharán, Marseille. Hablar y soñar con calles y libros, con lo que vendrá después.



domingo, 10 de noviembre de 2013

No escuches...

 
“No escuches las voces de los amigos muertos, Gaspar.
No escuches las voces de los desconocidos que murieron
en veloces atardeceres de ciudades extranjeras”
Roberto Bolaño.



Llueve. El aroma a café inunda la habitación.
Pienso en todas las noches y en lo lejos que quedan.
Cae fuerte y el viento golpea a los intrépidos transeúntes.
Llueve y tu pelo aparece aquí como un visión
o como una chimenea junto a la cual acurrucarse
mientras afuera llueve y los transeúntes levantan el vuelo.
Llueve aquí en Marsella, en la Rue Auphan
mientras enciendo un cigarrillo mirando al sur.