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lunes, 19 de mayo de 2014

1Q84. Haruki Murakami.


“Al terminar la guerra, el padre de Tengo regresó a Manchuria con los bolsillos vacíos. Había nacido el tercero en una familia de campesinos de Tōhoku y había cruzado el mar para ir a Manchuria con algunos de sus compañeros del pueblo, alistados en el Cuerpo de Exploración de la Región de Manchuria y de Mongolia interior. No era porque se hubieran tragado la propaganda del Gobierno, según la cual si iban a Manchuria, una especie de Arcadia de amplias y fértiles tierras, podrían llevar una vida de opulencia. Sabían bien desde el principio que las Arcadias no existían. Simplemente eran pobres y se morían de hambre. Si se quedaban en el campo, no podrían hacer otra cosa más que intentar sobrevivir a la muerte por inanición, y la terrible recesión que sacudía aquellos tiempos había dejado una plaga de parados. Trasladándose a la ciudad no habría esperanza de encontrar un empleo decente. En semejante situación, la única forma de sobrevivir era irse a Manchuria. Recibió formación básica para trabajar de campesino de explotación, con derecho a fusil en caso de necesidad; le dieron unas nociones sobre la situación de la agricultura en Manchuria, en el pueblo lo despidieron con vivas y fue llevado en tren de vapor desde Dalian hasta cerca de la frontera de Manchuria y Mongolia interior. Allí le asignaron tierras, aperos de labranza y un fusil, y se dedicó a la agricultura junto con sus compañeros. Eran tierras yermas, llenas de guijarros, y en invierno todo se congelaba. Como tenían qué llevarse a ala boca, hasta se comían perros vagabundos.”